Relatos de VConce
No están todos los del libro, pero sí los suficientes como para que te plantees echarle un vistazo.
0. Volver a empezar
Texto libre
Para abrir el blog, quería hacer una introducción sobre los motivos que me llevaron a escribir. A volver a escribir.
2. Hijo, sé un cobarde
Ensayo
Si no le recomendarías a tu hijo hacer algo, ¿lo harías tú?
4. El tiempo (II)
Ciencia
¿Por qué primero das una patada a un balón y luego el balón se mueve? ¿Por qué puedes mezclar tierra y agua pero no puedes deshacer la mezcla? ¿Por qué el tiempo tiene una dirección concreta?
6. Presente, pasado y futuro
Sentía que debía convencer a alguien de que el presente es ahora. El pasado ya ha pasado, y el futuro lo estamos construyendo. Pero se quedó en el pasado pese a todo.
8. La Música
¿Por qué te gusta tanto esa canción que no te gusta nada, mientras que no te gusta nada esa canción que te gusta tanto? La música es un estado de ánimo que se pega a nuestras vivencias, y al revivirla, las revivimos.
12. Con alegría
No entendí a mi abuelo cuando me explicaba que la vida hay que vivirla con alegría. Y al final, lo acabé comprendiendo.
Interludio
¿El número 9?
Momento de calma en que todo parecía tener sentido...
14. Dream on (I)
Relato
Otra alegoría, pero esta con un mensaje claro que, según vayan las circunstancias, tendrá sus siguientes relatos antes o después, en una dirección u otra.
16. Átomos y moléculas
"Hay más átomos en un grano de arena que granos de arena en toda una playa".
¿Jugamos a demostrarlo?
18. Números normales (I)
Si el número pi tiene infinitos decimales que no se repiten, ¿no debería albergar cualquier combinación posible de números? ¿Mi teléfono, por ejemplo? ¿O el tuyo?
20. Tic tac (I)
Juguemos con el tiempo. ¿Por qué el tiempo transcurre hacia adelante y no hacia atrás? ¿Y si consiguiésemos revertir la flecha del tiempo?
22. Matando gatos (II)
¿Qué ocurre si metes un gato en una caja junto a un dispositivo microscópico conectado a uno macroscópico? Que comienzan las paradojas de Schröedinger...
24. IA
¿Cómo distinguirías a una máquina con inteligencia artificial real de un ser humano? ¿Qué impedimentos hacen que no tengamos ya hoy robots paseando por las calles?
26. Inicio y fin
Una revisión sobre por qué me dio por escribir, y por qué alguien no para de visitar el blog a diario, cuando podría visitar al escritor.
28. Y si el cielo se hunde (I)
¿Y si pudieses guardar tus recuerdos en un dispositivo para que no te molesten en tu día a día?
30. Y si el cielo se hunde (II)
32. Y si el cielo se hunde (IV)
El segundo relato más bonito que escribí. Tenía un final inicial, que decidí cambiar. Aunque la realidad fue muy distinta.
34. Dream on (II)
36. Disociando la personalidad
Siempre vemos las sectas como algo muy lejano. Sin embargo, son tantas cosas las que nos condicionan, que cuesta darse cuenta de qué hemos hecho porque queremos, y qué hemos hecho porque nos han obligado.
1. Más bueno y menos bueno
A veces las palabras se quedan cortas para describir lo que pensamos. Por eso es importante conocer el lenguaje, y crear palabras en vez de destruirlas.
3. El tiempo (I)
5. La educación (I)
A veces después de dar clase, uno debe desahogar sus sensaciones en un folio en blanco. Pasan tantas cosas cada día que permitiría hacer varios libros por cada profesor, cada clase y hasta por cada hora.
7. El tiempo (III)
10. El tiempo (IV)
11. Hay salida
La violencia psicológica es tanto o más potente que la física, aunque en muchos casos la víctima tiende a defender al agresor, y acostumbrarse a lo que no debería acostumbrarse. Pero siempre hay salida.
13. Uno, dos, uno
¿Relato?
En mi cabeza las alegorías tienen sentido. Todas.
Desde fuera no sé qué parecerá... Aunque, al menos tú, deberías saber interpretarlo... Un presagio de algo que o bien ha acontecido, o acontecerá.
15. La pachamama
En ocasiones te asalta la duda de hacia donde vamos, quiénes somos, o si hay algo jugando con nosotros.
Aquella tarde fue una más que dudé de mi ateísmo en estos últimos años.
17. Matando gatos (I)
19. Una bocanada de aire
El relato más bonito que he escrito. Y, a la vez, el más triste.
Por desgracia, el tiempo dio la razón al relato y no a la razón.
21. Odio
El odio nos rodea, pero muchas veces no somos capaces de ver que detrás de una persona que grita, hay una que en realidad está pidiendo ayuda.
23. No lo entiendo
Son muchas las cosas que no entiendo, pero esta en particular es de las que más se me escapan...
25. Matango gatos (III). Multiversos
27. Un rayo de sol
Un viaje al planeta Mercurio.
29. De Compostela a Finisterre
Me retaste sin retarme a escribir un relato de terror sobre Galicia. Y ahí está.
31. Y si el cielo se hunde (III)
33. Vuela
Es fácil confundir el amor con la posesión y la dependencia.
Siempre confié en el amor libre. Pero no existe tanto como yo pensaba.
35. Hoy no estás (I)
¿Y si tus sueños se hiciesen realidad, a ratos?
August 19, 2017
Fichas 3ºESO
Primeras fichas de ejercicios de 3ºESO
July 16, 2017
Fichas 2ºESO
Todas las fichas de 2º de ESO con soluciones y teoría ya disponibles
April 28, 2017
Empieza a haber muchas cosas en el tablón...
Echa un vistazo al tablón. Merece la pena.
Informática básica añadido
Ya están subidas las prácticas de word y excel, editor de ecuaciones...
April 14, 2017
Fichas ejercicios 2ºESO
Ya están subidas las primeras fichas de 2ºESO para descargar.
January 01, 2020
Prácticas Electrónica
Si quieres aprender electrónica, prueba con estas prácticas...
April 10, 2017
Manual GeoGebra S1
Ya están disponibles tres manuales de Geogebra para 1ºESO: elementos geométricos, figuras planas (triángulos y cuadriláteros)
April 08, 2017
Apuntes B2
Ya están disponibles todos los apuntes de 2ºBach (opción ciencias)
April 09, 2017
S2. Álgebra
Ya están subidos los elementos de álgebra de YouTube de 2ºESO
Flipped Classroom
La educación (I)
Víctor Concejero Sanz · 9 de abril de 2017
Hace un año se me ocurrió que podría grabar mis clases en vídeo, sin suponer un esfuerzo excesivo. Con esto me refiero a no tener que invertir un dineral en un estudio de grabación y trabajar grabando durante horas. Por ello, me puse a ello utilizando la técnica “draw my life”, que consiste en dibujar sobre un papel e ir hablando, haciendo uso de herramientas muy rudimentarias, como el móvil o el micrófono que viene con la PS4. De hecho, los primeros vídeos tienen una calidad muy pobre, tanto en iluminación, como movimiento de la cámara, etc. Aunque, por muchos motivos, les tengo especial cariño. Los siguientes tienen una elaboración más cuidada.
La clave del Flipped Classroom es que el alumno vea un vídeo corto en casa como deberes, y que haga ejercicios en clase con el asesoramiento del profesor. Hay cientos de vídeos en internet, pero yo quería hacerlo con mi propia forma de contar las cosas, para asegurarme que se contaba lo que consideraba importante. Por supuesto, luego el alumno puede ver los vídeos que quiera para completar, pero quería que mi clase tal cual estuviese online. Aun así, tenía mis dudas respecto a este sistema, hasta que hubo algo que me hizo pensar que sería una buena idea. No sé si lo escuché en un curso, o me lo explicó alguien, o quizá (muy posiblemente), lo leí en algún periódico.
El cambio vino en lo siguiente: el alumno ve el vídeo en casa, y antes de ponerse a hacer ejercicios en clase, se dedican diez o quince minutos de la clase a hacer una revisión. Y eso supuso la diferencia, esa revisión. Porque en esos diez o quince minutos, si la clase ha visto el vídeo, simplemente hay que repasar y ver si hay alguna duda, matizar alguna cosa, y dejando la media hora o tres cuartos restantes para hacer ejercicios en clase. Es como una clase acelerada. Se supone que al alumno ya le suenan las cosas, por lo que solo hay que hacer una revisión, y además el propio alumno está deseando acabar el repaso, porque siempre es más entretenido hacer ejercicios que tener que estar callado mirando al profesor.
Y exactamente así sucedió con las clases buenas, las primeras veces. De hecho, en esos casos las notas fueron extraordinariamente altas en la prueba que hice para comprobar cómo había ido el método. Algunos me decían que es que la prueba había sido muy fácil, y yo intentaba justificarme diciendo que era la misma que el año pasado, con los números cambiados, y con resultados mucho peores. Más de dos puntos de diferencia en promedio.
La cuestión es que durante la clase, aprovechamos mucho más el tiempo, la explicación fue mucho más corta, y las notas fueron muy buenas. ¿Entonces, ningún “pero”? Por supuesto que sí, nada es perfecto.
Ya la primera semana hubo problemas con dos clases. Calculo que la mitad de la gente había seguido la instrucción de ver el vídeo en casa, y con un puente por delante, en esas clases. Es más, recuerdo que les dejé la última parte de la clase del viernes (tenían dispositivos en el aula conectados a internet), por si alguno no tenía tiempo en el puente pudiese ver el vídeo antes de irse.
Al llegar a clase después del puente, en mi primera clase todo salió bien. Muy bien de hecho. Recuerdo que me reí mucho con ellos, la clase fue muy dinámica, y todo salió muy bien. Me sorprendió el grado de comprensión. Creo que es mucho arriesgar, pero apostaría a que toda la clase vio el vídeo. Motivado con este resultado, llegué a la segunda clase, del mismo nivel académico. De nuevo, puse un ejemplo en la pizarra, y prácticamente nadie supo decirme cómo empezar. Deduzco que la gente que vio el vídeo era también la gente más vergonzosa, pues después de la clase alguno vino a decirme que sí sabía responder, pero le daba vergüenza porque muchos no habían visto los vídeos. Obviamente me tensé. Por decirlo suave.
No siendo suficiente con ello, alguno directamente dijo que no había visto el vídeo, pero que yo se lo tenía que explicar. Obviamente, me enfadé (ya no tan suave). No solo no había hecho caso de las indicaciones, sino que además demandaba una explicación que, por otra parte, ya tenía en un vídeo. La factura artesanal de los vídeos respondía precisamente a esa queja. Si yo diese clase en pizarra, diría lo mismo que en los vídeos, escribiendo lo mismo que en la pizarra y haciendo seguramente los mismos ejemplos. Es decir, es la misma clase que daría en directo. De hecho, ver una de mis pizarras al acabar la clase, y ver el último fotograma del vídeo es esencialmente lo mismo.
La sensación que se te queda es de absurdo absoluto. ¿Qué le dices a esa persona que te demanda una explicación que ya tiene, pero que no le ha dado la gana ver por su cuenta? Por supuesto hubo tensión en aquella clase, y aun en las siguientes. Y, sin embargo, todavía recuerdo, entre otras, a una alumna, no especialmente brillante en matemáticas, que mientras hacía ejercicios al haberles dejado tiempo para ello, y hacerle una pregunta compleja, me respondió con una rapidez y una precisión que no esperaba. Instintivamente, le pregunté que cómo sabía eso y, con una sonrisa, me dijo “porque lo decías en el vídeo”.
Ahí empecé a pensar si merecía la pena o no. Porque lo mismo que pasaba en estos cursos pasaba en otros. Pasado el momento inicial de hacer algo diferente, al segundo intento de hacer vídeos, había varios que no los veían. Y, sin embargo, había otros que aquello fue su tabla de salvación. Por supuesto, el problema debería ser suyo, pero es cierto que, si no escuchan ninguna explicación, ni siquiera esa que haces mientras ese alumno está despistado, el retraso que tiene es el mismo que cuando ha empezado el curso, y eso era peligroso. No me cabía en la cabeza cómo podían actuar así, y menos aún con dispositivos en clase y con tiempo para ver los vídeos en la propia clase, sin necesidad siquiera de verlos en casa. Pero tampoco podía olvidar que mucha otra gente me demandaba los vídeos, ya que les era infinitamente más sencillo estudiar de esa forma.
Por supuesto, los primeros decían que sí, que hiciese vídeos, y que explicase a la vez. Lo cual no tiene sentido porque precisamente la clave de los vídeos es eliminar la clase tradicional. Obviamente habría una parte de explicación, pero supuesto de antemano que tienen una idea del tema, no dejando los vídeos ahí “por si acaso” o para dar un repaso final, sino como herramienta vehicular.
Todo esto hizo que, pasados dos meses en los que creé mucho material, abandonase temporalmente la idea. Una idea que me gustó mucho, pero que me estaba costando más peleas de las que creí necesario. Sin embargo, no me sentía bien abandonando el proyecto, porque había mucha gente a la que le venía muy bien. Por ello, me dije a mí mismo que, al menos, los vídeos correspondientes a la parte más complicada del curso quedarían hechos. Y así fue. Y que, quizá, en un futuro, retomaría la empresa.
Ha pasado aproximadamente un año desde que dejé de hacer los vídeos. Por supuesto los he reutilizado este año, aunque no he querido hacer auténtico Flipped Classroom sino que, aprovechando que tienen dispositivos en el aula, he planteado un trabajo en que tenían que ver los vídeos y hacer unos ejercicios en clase a la vez, de forma que estuviesen más obligados a verlos y más controlados al estar yo presente. Lo cual, por otra parte, es triste.
Pero no quiero desistir en la idea de hacer la clase auténticamente invertida, pues el potencial que tiene es enorme. No solo ellos ahorran tiempo, sino que lo ahorras tú, pues mientras están haciendo ejercicios, puedes dedicarte a preparar otras cosas, suponiendo que la clase lo haya entendido bien. O, mejor aún, puedes aprovechar a conocer a tus alumnos, ya que nada tiene que ver el contacto que tienes con ellos cuando hablas para treinta, que cuando les atiendes individualmente. Y preguntan sin miedo, cosa que muchos no hacen cuando se trata de la clase completa.
Las ventajas, por tanto, son enormes, en todos los sentidos. Además de lo dicho anteriormente, el material utilizado se puede aprovechar otros años, los alumnos trabajan más y mejor, hacen más ejercicios y pueden funcionar de forma autónoma, pues las dudas se las preguntan en directo al profesor, en vez de hacerlo en casa a sus padres, en caso de que alguno sepa responderles. Elimina la presión que supone ir a clase con los deberes sin hacer o hechos mal por no haberlos entendido, pues cualquiera puede ver un vídeo en casa y, si no se entiende, verlo por segunda vez o esperar a la explicación del día siguiente. Sin embargo, si no ha quedado claro el tema durante el día, es muy difícil hacer los deberes por la tarde, en caso de hacerlos. Y, si se hacen sin saber cómo, puedes dedicar horas a ello (además de hacerlo mal), mientras que ver un vídeo de diez minutos te llevará eso: diez minutos. A lo sumo veinte si, por seguridad, quieres verlo una segunda vez. Y no hay posibilidad de hacerlo mal viendo un vídeo, pues, en el peor de los casos, si no te enteras de nada, al menos te suena para el día siguiente.
El efecto buscado es el de la clase particular. El profesor de clase particular explica algo individualmente al alumno, al que ya se lo han explicado en la clase regular, y la reacción habitual es “explicas mucho mejor que mi profesor”. Y no es cierto. Con los años me he ido dando cuenta de ello. Lo que ocurre es que, en clase, el alumno escucha lo que se dice y se entera mejor o peor. Y en casa, el profesor particular explica sobre unos conceptos que ya le suenan, lo que es realmente sencillo, pues solo tienes que tapar baches, no crear una carretera nueva. Lo difícil es explicar algo por primera vez, y convencer a los alumnos que tengan paciencia, que acabarán por entenderlo, sin que se desenganchen.
El efecto de los vídeos es el mismo, pero con el profesor y consigo mismo en los papeles anteriores. El vídeo explica los contenidos, y el día siguiente en clase, el profesor hace las veces de “profesor particular”, explicando de nuevo el contenido, y dejando tiempo para hacer ejercicios y explicar las cosas individualmente. El caso de la chica de antes, que decía “porque lo decías en el vídeo”. Esa chica que, quizá, no me habría escuchado en una clase normal.
Las desventajas en realidad son pocas, siempre que tengas tiempo en casa para crear el material, y conocimientos para editarlo. El tiempo a la larga es un problema a medias, ya que es cierto que el material se reutiliza con facilidad y además suele servir incluso para varios cursos distintos, aunque sea como repaso del curso anterior (que, por otra parte, es donde suelen venir la mayor parte de los errores). El problema real es cuando la educación no llega al nivel de que el alumno entienda que, si no ve el vídeo, no puede luego exigir nada, porque la clase sigue. El problema es que, al menos en mi experiencia, lo hacen, y eso puede llevarles a resultados catastróficos, o a que tú te multipliques para hacer el doble que lo que harías normalmente, o que dediques la clase a explicar de nuevo, perjudicando a toda esa gente que sí ha hecho lo que tenía que hacer. Y eso es muy frustrante, para todos. En realidad, creo que es la única desventaja: contar con alumnos cuya implicación no llega ni a ese nivel, y que no tienen la vergüenza de, si no hacen lo que se les pide, agachar la cabeza y asumir su error, sino que además la levantan y combaten. Y contra eso es difícil luchar.
No obstante, creo firmemente que son minoría. Y aunque esta técnica supone un esfuerzo importante, tanto en la creación como en dedicar clases a convencer a los alumnos de su utilidad, al final el saldo es enormemente positivo, pese a las luchas continuas. Y de cara a los padres, muchos me agradecieron el año pasado el trabajo de los vídeos. Muchos me decían que habían visto ellos mismos los vídeos y les habían gustado mucho. Y me agradecían sobremanera el hecho de que, quizá ellos por su cuenta, no podían ayudar a sus hijos, pero gracias a que la explicación estaba en YouTube, no tenían ningún problema en seguir lo que se les pedía a los alumnos. Algunos se miraban primero los vídeos para recordar cosas, y luego hacían deberes o repaso con ellos. Incluso hubo muchos agradecimientos de padres cuyos hijos intentaban boicotear el proyecto, curiosamente. La mayor parte, de hecho.
Como decía antes, es verdaderamente curioso. Hace un año desde que dejé de hacer vídeos. Lejos de quedar el canal a la deriva, durante este año ha estado especialmente activo, sin subir nada de material nuevo. Me sorprende analizar las estadísticas de YouTube y comprobar que han visto mis vídeos aproximadamente el mismo número de personas en Latinoamérica que en España, y eso teniendo en cuenta que, por varios factores, no debo aparecer todavía muy arriba en las búsquedas. Eso no quita para que uno de los vídeos lleve más de mil visitas, y para que el número de suscriptores alcance más de ciento veinte. Y todo ello con un par de meses o tres de creación de vídeos. Por supuesto, llevo un Excel donde de vez en cuando apunto los resultados actuales, para poder ver la evolución. Y las visitas siguen subiendo, y no necesariamente porque le diga a tal o cual clase que vean un vídeo concreto. Actualmente, el número de visitas totales se acerca a las 8000, que es un número que me da incluso cierto vértigo. Porque, como decía, todo está hecho de forma muy rudimentaria (porque también quería que fuese así), y porque tan solo fueron un par de meses o tres haciendo unos cuantos vídeos, cuando lo propio es que suba material regularmente, no dejar el canal parado.
Por tanto, en definitiva, es una experiencia más que recomendable, una vez pasada la vergüenza inicial de ponerse una cámara delante (aparezca o no tu cara, que es un poco lo de menos). Es cierto que no puedes hacerlo en cualquier momento, sino que requiere de preparación o, al menos, montar un sistema que te permita garantizar una mínima calidad, así como tiempo para crear el vídeo en bruto, y luego editarlo convenientemente. Pero, aun así, merece la pena. Y seguro que a los alumnos aplicados también les merece la pena.
Muchas veces, cuando hacía los vídeos, sobre todo los últimos, me preguntaba si aquello tenía sentido o no. Y, antes o después, me venía a la cabeza la cara de uno de esos alumnos, que tenía puesto el aviso para cuando subiese vídeo nuevo, y que prácticamente según lo subía ya lo estaba viendo. Uno de esos alumnos cuya precisión con la asignatura mejoró enormemente (y fueron muchos). Con uno solo de esos alumnos, de entre los cientos de alumnos anuales, ya merece la pena todo el esfuerzo invertido. Uno de esos alumnos a los que preguntan que cómo saben un concepto complicado, y te responde “porque lo decías en el vídeo”.
Víctor Concejero Sanz · 9 de abril de 2017
Hace no mucho tiempo apareció un escrito de una profesora que se hizo muy famoso. Una arenga a los profesores, resaltando los problemas de la educación hoy en día. Por supuesto, yo estaba de acuerdo en muchas cosas. Y, por supuesto, un gran amigo que, seguramente, esté leyendo esto o lo leerá pronto, no estaba de acuerdo con ninguna, punto por punto.
Una de mis dudas razonables con cualquier cuestión es si las cosas cambian o cambio yo. Me pasa con frecuencia con el fútbol. Recuerdo cómo sentía los partidos cuando era pequeño (y no tan pequeño), cómo marcaba en el calendario esos días de partido grande, como me decepcionaba con la eliminación de mi equipo. Hoy, es diferente. A veces no me acuerdo que hay un gran partido hasta un par de días antes. Incluso yendo al Bernabéu. Durante un tiempo, he llegado a pensar que el fútbol “ya no es lo que era”, que algo había cambiado. Que era todo mercado y negocio, y que se habían olvidado del deporte. Hasta que trabajas con chavales. Entonces, te das cuenta de que ellos lo ven con la misma pasión hoy que lo veía yo con su edad. Y empiezas a fijarte en ellos. Quizá, durante un partido en el Bernabéu, cuando tu equipo falla un penalti importante, y te indignas, hay un chaval a pocos metros de ti llorando por la ocasión fallada como si no hubiese nada más importante en el mundo. Y eso te hace pensar, y es entonces cuando me pregunto ¿ha cambiado el fútbol, o he cambiado yo?
Cuando empecé a dar clase, cada día era una aventura, un misterio. Es cierto que, en poco tiempo, ya había adquirido la experiencia que otros, por otras circunstancias, pueden tardar años en coger. Pero recuerdo la ilusión con que llegaba a clase, y la tristeza con la que afrontaba los viernes. Me gustaba lo que hacía, y las clases se me pasaban muy rápido. ¿Han cambiado las clases? ¿He cambiado yo? Ese es el dilema.
Durante muchos años, siempre que llegaba a casa tenía dos tipos de conversaciones: o hablaba maravillosamente de este o aquel chaval, o de esta o aquella clase, o de lo que había pasado en tal o cual momento, con una alegría como el niño que le pide a su madre que le mire montando en bici, o empezaba a divagar acerca de dejar la educación, que todo era horrible e imposible de arreglar.
Es cierto que este último pensamiento ha ido incrementándose durante los años, y es cierto que creo que hay motivos para pensarlo. Pero también es cierta una máxima: la educación solo tiene dos caras. Es muy difícil llegar a casa indiferente sobre lo que ha pasado durante el día. Lo era entonces y lo es ahora. Por eso, cualquiera de mis conocidos que no se dedican a esto, salvo una persona, son incapaces de comprender esta dicotomía. Hay que estar dentro para sentirlo. Para sentir que, cuando sales de clase, puede ser uno de esos dos días: ese en que crees que lo has hecho todo mal, que has quedado mal en clase, que no has explicado bien las cosas, que los alumnos te odian, etc. O ese en que te sientes superior, crees que todo funciona como un reloj, las clases han ido maravillosamente bien, te has reído y has disfrutado en clase con los alumnos, etc. No suele haber lugar para un estado intermedio.
Esto ya me pasaba aquel primer año durante la suplencia. ¿Será quizá que en aquel entonces obviaba más algunos detalles? Cuando eres un alumno pasa algo maravilloso: piensas que, si el profesor no te mira directamente, o estás sentado suficientemente detrás, entonces no te ve. Cuando eres profesor, pasa otra cosa también maravillosa: te das cuenta de que te das cuenta (valga la redundancia), de prácticamente todo lo que pasa en la clase. Hay momentos en que inevitablemente tienes que hacer como que no ves algunas cosas, y otros que inevitablemente tienes que hacer lo contrario. Pero te das cuenta de todo. ¿Y si en aquellos primeros tiempos me tomaba las cosas con más ligereza, y todo me parecían “cosas de chavales”, y con los años cada vez tengo menos tolerancia? Es posible. Con los años te das cuenta de qué es lo que hace que los alumnos suspendan una asignatura, y quieres evitarlo. Quieres que escuchen cada palabra que dices, que estén atentos toda la clase (las siete u ocho horas de clase al día, y con quince años). Quieres que no interrumpan en clase, que no se muevan y, a ser posible, que sus preguntas tengan sentido y no te pregunten, por ejemplo, por qué llevas una camiseta de tal o cual color en mitad de clase. Y, a veces, olvidamos que son chavales.
Dicho esto, y volviendo al tema original, una cosa no quita a la otra. Si permitimos cualquier cosa bajo el paraguas de “son chavales”, ellos dejarán de ver el límite. Y, sin límite, explorarán hasta donde puedan. Y si eso se hace desde que son pequeños hasta que son mayores, sin control, entramos en un efecto mariposa: agitas la mano para saludar en Río de Janeiro, y provocas un tornado en Moscú. Este es el punto en que estoy más de acuerdo con el escrito de aquella profesora. Estamos amparando, desde muchos frentes distintos, la “libertad” del alumno a hacer cualquier cosa. A que, si se aburre, es natural que hable (que lo es). A que, si llega tarde, no pasa nada porque tiene que tener la libertad para jugar. A que, si no estudia, no pasa nada porque tiene derecho a tener tiempo libre (todo el del mundo y más), etc. Entonces, el chaval deja de ver límites a nada. Todo lo que haga está bien y no es juzgable. Creo que entre los dos extremos hay un amplio abanico de opciones.
Hay algo que me resulta muy interesante en la educación y en la vida en general, y es extrapolar. Ver lo que pasó hace dos años, hace un año, este año y hacer una predicción a cinco años. Es curioso, porque salvo contadas ocasiones, suelo fallar poco. Y, cuando tratas de educación, una ligera variación suele suponer terribles consecuencias. Por ejemplo, si un alumno habla en clase mientras uno explica, y no se le dice nada, es altamente probable que vuelva a hacerlo en poco tiempo. Y, más aún, que el que está al lado piense “si él puede…”. En una misma clase, de una hora de tiempo, no decir nada a un alumno que habla mientras explicas es un riesgo de que, a la media hora, tengas a toda la clase hablando a la vez.
Por supuesto, no puedes cortar todo lo que ocurre. Sería imposible realizar una clase normal, y pasarías más tiempo recriminando que dando clase. Pero tampoco puedes permitirlo todo. Y en una misma clase se te puede disparar el problema. Pero cuando esos chavales hablen con sus amigos y les cuenten que en tu clase estaban tranquilamente hablando y tú no has dicho nada, el problema pasará a las demás clases, y en mucho menos tiempo del que puedes imaginar te habrás creado la fama de que no controlas la clase. Y, entonces, es muy difícil volver atrás. El tornado en Moscú.
Siempre me ha gustado ver esas series de televisión, o esos reportajes de las noticias, que cuando enseñan una clase todo el mundo está callado y mirando al profesor. En las series, hay uno que, puntualmente, se ríe o interrumpe, mientras el resto de su clase permanece impasible. Esto me supone dos reflexiones. La primera es que la imagen que se da de las clases a la sociedad es esta. Sería muy interesante grabar cualquier clase de cualquier colegio del mundo en vídeo, un día cualquiera, y comparar con esa idílica imagen. La segunda es que, si realmente sólo molestase un chaval, puntualmente, todo sería muy sencillo. El problema es que no es uno, ni dos. Por esto es un equilibrio muy poco estable. Un equilibrio muy interesante, por otra parte, por el que, en general, merece la pena luchar.
Hace un par de meses, una cierta mañana, iba escuchando la radio. Estaban hablando sobre educación. Cuando quedaba muy poco de programa, uno de ellos pidió paso para decir algo. La presentadora le avisó que quedaban apenas segundos, pero él rápidamente metió la frase, hablando muy rápido. Y empezó a recitar lo siguiente:
“La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y chismea mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se ponen de pie cuando los mayores entran al cuarto. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”
Reconozco que me reí y pensé “qué bien acaba de describir la educación hoy día, y qué pena”. Pero, en los pocos segundos que le quedaban, justo cuando pensé que eso era solo lo que quería decir, apresuradamente, completó:
“Y ¿sabéis quién dijo esta frase? Sócrates, hace 2500 años”.
Prácticamente las señales horarias sonaron a la par que la última palabra. Y reconozco que me quedé atónito. Me sorprendió. Y me dio que pensar. Me removió muchas cosas que había estado pensando mucho tiempo, y reenfoqué otras desde otro ángulo distinto. Ese día llegué con otra actitud a clase.
A lo mejor es verdad que criticamos demasiado algo que, de hecho, es natural. A lo mejor vemos muchos fantasmas donde no hay tantos. O, a lo mejor, hay algo que estamos haciendo mal. Durante 2500 años…